09 febrero 2012

Luis Alberto Spinetta (1950-2012)


Todas las ideas se me centrifugan en la cabeza. Llegó el inesperado día en que te transformaste en cuerpo celeste. La eternidad con la que te imaginábamos se hizo de cierta forma tangible y por dentro mis entrañas se revuelven ante esta verdad que me estremece.


Ya formas parte de tu universo imaginario y no hay homenajes que realmente te hagan justicia. La mejor manera de laurearte es escucharte, Flaquito lindo, desde los orígenes, cuando ya en Almendra la genialidad y la humanidad se fusionaban para cambiar el mundo y si al final no lograste cambiarlo, hiciste que quienes te escuchamos sí lo hiciéramos y captáramos la real sustancia de la vida.


Tranquilo, Luisito, sin cabida a siquiera una duda, el cielo será tu hospedaje infinito, porque yo creo que hasta Dios tiene un disco tuyo en su colección.

11 enero 2012

2012, Odisea Gubernamental




El terremoto político que se produce con esto de la inscripción automática/voto voluntario tendrá su primera gran réplica con las municipales 2012 y es necesario que la totalidad de la población votante se encuentre conciente de tamaño acontecer histórico y se informe a cabalidad antes de ejercer su deber cívico. La desinformación es la madre de las desgracias. Es así como Pato Laguna se convirtió en concejal, como Cristián Labbé sigue siendo alcalde y como Sebastián Piñera es presidente.

Que Chile aumente en un tercio su padrón electoral no es cualquier cosa y la población incorporada debe hacerse cargo de esa responsabilidad. En nuestras manos está el poder para realmente darle un soplo de vida a nuestra tan mediocre democracia.

Las municipales son la antesala de las presidenciales y debemos dejar de enceguecernos por oportunismos políticos y televisivos. Si queremos votar por un candidato que aparece apretándole la mano al ministro Golborne tenemos que dejar de nublar nuestra vista y conocimiento por los flashes y la televisión. Tenemos que tener claro que hay labores que DEBEN ser cumplidas por el correspondiente secretario de estado. Con el tan pomposo rescate de los mineros, el señor Golborne no estaba haciendo más que su trabajo. Cualquier ministro en su lugar hubiese hecho lo mismo. Tuvo la suerte que el hecho le tocara a él y que Dios se apiadará de los 33, para salir aún más victorioso. Lo mismo sucede con Allamand. Si a alguna persona un candidato apoyado por Allamand le da mejor espina, le digo altiro que la coordinación de la búsqueda en Juan Fernández era labor que tenía que realizar el mencionado señor por ser ministro de defensa y ganar millones por eso. En ninguno de los casos era un favor que le estaba haciendo a las dueñas de casa que amaban a Camiroaga. El oportunismo político siempre va a existir, pero lo que no puede seguir existiendo es la nula capacidad crítica que tenemos como sociedad para analizarlos y distinguirlos de una verdadera labor país.

Si somos críticos y adquirimos el conocimiento mucha de la clase política se recambia. Yo quiero ver caras nuevas, con nuevas energías, sin empoderamiento, plenamente transversal y realmente representativa del país. No puede ser que votemos por un alcalde, senador o diputado que se lanza a la reelección por tercera o cuarta vez. La base de una sana democracia es que la gente a cargo de hacerla funcionar se recambie. Si no asimilamos esto seguiremos viendo a las mismas momias de siempre legislando torpemente para una sociedad totalmente ajena a su mundo bilz y pap.

Que las municipales 2012 dejen tiritones y sin poder dormir a los del congreso. Tenemos la oportunidad, ahora sólo nos falta abrir nuestras mentes hacia un pensamiento crítico y nuestros corazones hacia una
verdadera democracia.



15 agosto 2011

Versos del Gobierno

I


¿Qué me importa que tu hijo no estudie,
si mi auto es del año
lleno de joyas mis manos
paso las penas en High Clubes
y vivo soñando en las nubes?
¿Por qué me tendría que preocupar,
si a mis hijos yo les puedo pagar
los mejores colegios y aficiones?
Tu problema es hacerte ilusiones
con que ésta sociedad puede cambiar.

II

La Clase media está predestinada.
No hay por qué marchar,
saltar, gritar o protestar.
Hay que aceptar que está condenada
a vivir siempre endeudada
con tarjetas, créditos y rebajas.
Media-Alta, Media-Media, Media-Baja.
La Media-Media es la que más sufre,
pero a mí poco es lo que me urge
si de la situación no puedo sacar ventaja.

III

RESISGNACIÓN es la consigna de ustedes,
mientras los ricos nos hacemos más ricos
achicando así el abanico
de las personas que tenemos el poder adrede,
generando afianzadas redes
entre amigos, jefes y gerentes.
Lo digo así, abiertamente
(porque en algo hay que ser honestos)
y que no les dé desaliento,
que manejamos sus impuestos muy afectuosamente.

04 julio 2011

Ego y Desamor

I


Sin querer me dañaste el ego
al decir que no me extrañabas tanto
y yo casi morí de espanto
ya que por las penas llego
a extraños lugares que luego
serán albergues de quebrantos.
Nunca me he enrabiado tanto
como hoy así que ruego
que venga mi amigo Diego
para pasar con él las penas un rato.

II

Hombre alguno antes lo había hecho
por mí todos solían dar la vida
pero ahora siento como una herida
aquí en el corazón y el pecho.
Hablas de frialdad satisfecho
queriendo verme perdida,
una enamorada a la perfecta medida
y por las noches en tu lecho
te pavoneas de mi amor que no es estrecho
además de que yo en ti no tengo cabida.

III

Pero atención y cuidado
que la cosa puede cambiar
tu suerte se va a truncar
es el fin de tu reinado
me aburrí de estar a tu lado
busca otra con quien caminar
ya no te quiero acompañar.
Me dejaste el ego dañado
y por más señales que hayas dado
es seguro que esto no va a variar.


07 mayo 2011

El Perseguidor (Las Armas Secretas, 1959) Julio Cortázar.

El tiempo es abstracto. Tratar de explicarlo más allá de una magnitud física es muy complejo y resulta que lamentablemente es mucho más que una de las partes de un problema cuántico. Eso bien lo sabía Julio Cortázar cuando tuvo la maravillosa gran visión de “El Perseguidor”.

El Perseguidor es uno de los cinco cuentos que forma parte del libro “Las Armas Secretas” y me incliné a recomendar sólo este cuento en vez del libro completo por la capacidad tan fácil que tiene de sobresalir del resto.

Bruno es un periodista y crítico de música que se encuentra realizando una biografía de un saxofonista muy famoso llamado Johnny Carter, quien le debe a esa gran fama y a la adicción a las drogas sus constantes trastornos emocionales, adicionándole un delicado estado psicológico. Su refugio es la música, el jazz, en el que busca crearse una realidad propia, donde el tiempo cronológico ya no lo determine más una manecilla de reloj sino las notas de su saxofón.

Y como el tiempo se encarga de transformar todo en recuerdo, Johnny pasa los segundos como si fueran horas evocando su pasado y a sus amigos. Mucha de la atemporalidad en la que vive se la debe a la gran soledad que lo rodea, aunque halla cientos a su lado glorificando al cielo sus jam sessions. Mientras escribe, Bruno hace críticas en contra de su accionar y hasta lo envidia, pero hay algo que no puede envidiar: el gran dolor en el alma de Johnny cuando dice “esto ya lo toqué mañana”.

14 marzo 2011

Avenida Gorlero

“…Yo soy un vicio más.
En tu vida soy un vicio más.
¿Por qué no me dejás,
Si es qué soy tan sólo un
Vicio?
Tu vicio.”
(Tu Vicio, Charly García.)

Uruguay.
Luciano está parado afuera de su recientemente inaugurada parrillada en Avenida Gorlero, esperando que algún lugareño o turista entre a su milonguero lugar de carnes. Una extranjera de paso por la playa lo divisa a lo lejos. Ella es la Charruíta Express, quien tiene la oportunidad de verlo muy seguido, ya que su hotel está a la pasada de su parrillada, por lo que Luciano empieza a ser un personaje bastante cotidiano en su estadía que concluye en una semana más.

La Charruíta Express es originaria de San José, Costa Rica, donde tiene fama de bruja. Cualquier cosa que un día caprichosamente se le ocurre poseer lo consigue forjando conjuros que lanza a la luna en las tibias noches de San José. Fue de esta forma como consiguió trabajo, un sueldo estratosférico, un Chrysler negro…Como a final de cuentas consigue todo lo que quiere. Pero a pesar de ser media bruja y loca, no tiene personalidad esquizoide y no se obsesiona fácil, pero el psicopatear a Luciano se ha transformado en un hábito estival que ya le está haciendo mucho daño. A estas alturas ni siquiera se va a bañar a la playa o a despilfarrar dinero en el cuasi mall de Valentino. En vez de eso, va cada atardecer a la parrillada de Luciano.
Y Ahí está Luciano, con su camisa roja y sus pantalones negros ceñidos. Sonríe sin cansarse, coqueto y fascinante con cada alma que merodea el lugar. Sin darse cuenta de que la Charruíta Express ya es cliente frecuente, la hace pasar, atendiéndola sin distinción alguna, pero con esa seducción tan propia de las charrúas.
- ¡Aquí tiene la carta, señorita!- le dice Luciano, con una voz grave y levemente dispersa.
- No se preocupe, ya tengo listo lo que voy a pedir. - se apresura en decir la Charruíta Express.
- Me decís, que te anoto enseguida.
- Quiero una parrillada sin mollejas y algún vinito Tannat, que queda a tú criterio, pero antes de irte dime, ¿qué escuchamos?- pregunta la Charruíta, intrigada por el sonido de unos instrumentos que en San José no se escuchan.
- Escuchamos tango. “Otros Aires” es el grupo. Es electrotango argentino- le responde entusiasmado Luciano- ¡Ya! En seguida traigo su orden.
En ese momento la Charruíta no se aguanta más. Quiere conseguir a Luciano rápido. Esa misma noche. Después de pagar mira intensamente a los ojos de ese Luciano que tiene las horas contadas: en los próximos instantes será propiedad de la Charruíta Express.

Así que corre a la playa. Conjura a la luna de medianoche como allá en San José.
Se despierta a la mañana siguiente con mucha ansiedad. Camina rápido hacia la avenida. Divisa a Luciano tal como siempre, sin embargo percibe algo extraño. Nada ha cambiado en él, pero cuando la Charruíta pasa por su lado y le pregunta a qué hora abre la parrillada, la respuesta es un cotidiano “a las ocho”, como si ella fuese una más de toda la larga fila de turistas que lo cargosean a diario. Si su conjuro hubiese tenido efecto, este la habría desvanecido entre sus brazos. Se pregunta que pudo haber fallado. Antes había enamorado a muchos mediante éstos métodos allá en San José…

Pero lo que nadie sabe es que en la Avenida Gorlero no manda ni la luna, ni la magia, ni la Charruíta. Manda el tango milonguero y sólo sucede lo que pretenda su inefable bandoneón. Así que la Charruíta Express deberá aprender que la vida es una milonga que hay que saber bailar.

15 febrero 2011

Revista Jalea!

Hace un tiempo un amigo muy creativo me dijo que tenía la idea de hacer una revista digital que incorporara trabajos artísticos (cuentos, dibujos, poemas, etc.) de quien quisiera participar. Después de mucho trabajo por parte del editor y la recolección de los trabajos (incluido un cuento mío) se dio a luz a Jalea, una revista que contiene de todo, pero lo genial de ella es que envuelve un solo concepto a partir del cual giran las creaciones de los que cooperamos. Lo más bacán es que cada aporte tiene su correspondiente ilustración que quedaron de lo más lindas que hay. Así que no me queda más que invitarlos a visitar el sitio y disfrutar de la primera edición de Jalea.
www.revistajalea.blogspot.com

Saludos!
SSilva.

13 enero 2011

Un Vodka por Laura

Iván ya se había tomado todo lo que podía tomar, fumado toda la variedad de cosas que se podía fumar, poseído a todas las mujeres que había querido y tan sólo tenía 23 años. La experimentación partió de joven, por ahí a los 12 años, y a estas altura no sabía distinguir sus momentos de lucidez. Pero algo tenía. Al igual que el alcohol, las sustancias non-sanctas, las mujeres, Iván se había leído toda la biblioteca que Laura, su culta madre y Andrés, su estudioso padrastro habían armado al momento de casarse. Desde Dostoievsky hasta Skármeta. Todo ya lo había leído y no existía forma que le pasaran gato por liebre, pero para despilfarrar soberbia de letras poca eran las veces que se encontraba sobrio.

Su madre y su padrastro, un par de abogados que ejercían como jueces, nunca estaban en casa. Las veces que sí, armaban tremendas tertulias donde el público era representado por escritores, poetas, actrices, abogados, doctores y políticos. Iván, que heredó la inteligencia de su madre y el físico de su padre (fallecido víctima de un accidente en moto meses antes de nacer Iván) derrochaba garbo y atractivo por donde pasaba. Cualquier actriz o escritora que deseó no tuvo el menor valor para negarse ante Iván, que las manipulaba como arcilla. Así de fácil como las conquistaba también las dejaba, trago más cuaderno en mano, donde se ponía a escribir como enajenado. Inventaba historias, desde esa angustiosa soledad. Historias cargadas de toda esa emotividad que siempre anheló pero que nunca recibió. Cuantas veces deseó que su madre en vez de ser objeto de deseo de viejos políticos, estuviera con él, en su pieza, escuchando cómo le había ido en el día, cómo el profesor lo había felicitado por el examen de Derecho Civil, como la Ester (esa morena esquiva) no se percataba de que existía y que por favor le diera un consejo para dejar de sufrir por amor. Por el contrario, lo único que tenía de su madre eran los recuerdos que trataba de hacer constantes para poder vivir los días de esa vida rica de saber, pero pobre de sentimientos. Recordaba cuando de pequeño se quedaba dormido en las reuniones de sus padres, momento en el cual su madre lo levantaba y lo llevaba a su pieza. La recordaba tan guapa, tan coqueta, tan llena de ideales, tan inútil con las comidas que no sabía cocinar ni un huevo revuelto. Recordaba las salidas nocturnas frecuentes mientras él se quedaba durmiendo, al cuidado de la señora Tere, la niñera. Él añoraba estar con su madre, pero se la quitaban, partiendo por su padrastro, que le insistía que fueran al partido, a la exposición de pintura, a la presentación de un libro, a la tertulia de perico de los palotes. Eternamente, los mañanas siguientes a las salidas nocturnas, Iván adormilado iba a la pieza de ellos a ver si ya habían llegado. En principio se asustaba porque sólo veía a Andrés, pero su madre ya se había levantado hace rato (para dormir era tan o más mala que para cocinar) abriendo los ventanales al son de los ritmitos de Brasil. “¡Ivancito!, ¡ya te despertaste! ¡Ven a desayunar conmigo!”

Siempre era lo mismo: simpática, agradable, encantadora, aunque curiosa como madre. Iván, desde temprana edad, se dio cuenta que ella nunca lo iba a esperar con el almuerzo listo, con pancito y leche caliente después de llegar del colegio. Menos le iba a planchar la ropa, para eso estaba la Tere, pero Iván nunca le reprochaba un “y cómo la mamá de…” porque sabía que su madre era para otras cosas: Para conversar, para declamar sus escritos, para sonreír y ser hermosa imperecederamente.
Las remembranzas ocupaban gran parte de su día en una falsa sobriedad que más bien era la recuperación de la resaca de las noches previas, atiborradas de una nada que ahora le parecía un abismo. Quiso correr a los brazos de Ester, pero ésta siempre lo miraba con desconfianza, como si hubiera leído el libro de su vida el cual relata esa existencia sin madre, sin sustancia, sin amor.

Ester siempre lo consideró un pirado mujeriego, mientras que Iván la veía como un sueño, como debió ser de estudiante su madre. Distinta a todas las mujeres con las que había estado por el simple hecho de negársele a todos los imbéciles que la acechaban (incluyéndolo a él). Hubiese dado tanto por que ella lo acariciara, que le dijera que a su lado no se volvería a sentir más angustiado, que con ella la felicidad estaba más cerca. Pero no, Ester jamás lo amaría. Era muy cuerda como para aguantarle las borracheras, las resacas y ser una más en la lista. Ester estaba destinada a tener una familia bien constituida, igual a la de ella, distinta a la de Iván. Un día la escuchó hablar con su pololo sobre Tolstoi y su punto de vista sobre el rol de los intelectuales previo a la Revolución Rusa: “Se empecinaban tanto en promover la revolución pero se desocupaban de lo más importante; nunca compensaron su alma y sin alma todo pierde sentido”. La reflexión de Ester le llegó con infinitos puntos de impacto, porque de cierta forma su madre y su padrastro eran como los intelectuales de Tolstoi, muy letrados pero sin la mínima noción de que había una persona que actuaba como hijo e hijastro, que se ahogaba gritando en silencio deseando un poco de cariño. Después de eso tomó, tomó, tomó. Sacó su lápiz y bajo la tenue luz de su cabaret preferido comenzó a escribir: “No sabes como te preciso, Mamá. Te preciso aunque poco has estado conmigo, pero es eso lo que te vuelve aún más imprescindible…”. Estaba en esa línea cuando sintió una presencia muy cálida a su lado. Al voltearse no pudo contener su cara de sorpresa. Era su madre que lo que venía a buscar. “¡Ivancito! ¡Sabía que estarías aquí! De chico que te ha gustado este lugar. ¿Estás borracho? ¿Aún no? ¿Penas de amor? Bueno, lo que sea. Mira, te vine a buscar porque con Andrés decidimos tomar caminos distintos. Se fue con una de esas actrices, creo que con la Anita Ojeda. Decidí renunciar al partido para no verle la cara a ninguno de ellos y quiero estar más contigo, Iván. Así que deja ese vodka que nos vamos para la casa”. Iván, que sobrevivió entregado a la soledad que el destino sin mezquindad le había brindado, sintió que algo inimaginable le llenaba los vacíos de su alma. Se acordó de la teoría de compensación del alma de Ester (“Cómo tiene razón”, pensaba) y con su madre, que de una vez por todas lo incorporaba a su andar, se llenaba de una alegría difícil de describir. Tenía a Laura, su madre escurridiza, sólo le faltaba Ester, su musa difícil, aunque eso era trabajo para el futuro. El presente le había traído a su madre y con ella las cosas no se veían tan graves. De seguro a ella se le ocurriría más de una forma para poder conquistar a Ester, aunque a estas alturas, eso era lo de menos.

29 agosto 2010

Encanto Maldito

El Santiago en 100 Palabras ya tiene a sus finalistas y prefirieron no contar con mi astucia así que ahí les va uno de los cuentos con los que participé...

Encanto Maldito

Cada vez que Manuela pretende terminar de leer el libro de Cortázar aparece en el vagón Roberto.
La concentración se le va hacia él y queda en eterno suspenso la página doscientos doce. Pero Roberto si que puede leer libros (cada semana uno distinto) sin problemas comprensivos.
A Manuela le da rabia que el encanto maldito de Roberto le robe la atención, mientras que ella para él es una transeúnte más.
Y siempre sigue Cortázar en la página doscientos once.
Doscientos once y dos quintos.
Doscientos once y tres cuartos.
Doscientos once y Roberto que subirá en la siguiente estación.

17 agosto 2010

El Loco Reboratti

Miranda nunca supo en que momento Reboratti se había vuelto loco.
"Antes no era así, chiquillas. Era tan piola. Un niño lindo, pintoresco, con un libro en sus manos y audífonos en sus orejas. De pocos amigos eso sí, pero era muy popular entre las mujeres. A ellas les gustaba su estilo: mezcla entre hippie y músico", les decía la Miri a sus amigas.
Ahí lo conoció Miranda, en su mejor momento. Solía secuestrar toda su atención y de ahí no se la devolvía hasta que se le perdiera de vista.
Le gustaba verlo leer. Aunque más que eso le gustaba su perfil inclinado hacia las hojas y el aire de apacibilidad que lo envolvía.

Cuando estoy solo, no debo demostrarle nada a nadie. No debo ser inteligente. El desapego da libertad.

Nunca supo en que momento tuvo la maldita idea de hablarle, no pensó en ninguna forma que se podría coartar una de las historias más lindas que había creado en su cabeza.

Mi cuerpo quedó con otra persona adentro y ese otro personaje no reconocía a nadie, no tenía nombre, no sabía nada de mí. No tocaba guitarra y hablaba distinto.

Reboratti asesinó con placer cada una de las ideas que Miranda se había armado de él y disfrutaba estos crímenes acostado leyendo a Charles Dickens. Pero muy a su pesar la Miri no podía dejar de prestarle un poco de su atención. Algo de él siempre le atraía.

Entrenamiento autógeno; una forma de meditación y autohipnosis.

Luego de dos años de conversaciones extraviadas de la realidad con Miranda y mientras se confundía de personalidad con Ebenezer Scrooge, Reboratti pensó en ella y aunque no le atraía ni un carajo se dio cuenta que a fin de cuentas era la única que le prestaba atención cuando la ansiedad no la paraba ni con pastillas.

Voy a tocar en un Club Nocturno, Miranda, si quieres vas.


Pero para entonces, la Miri, ya había pasado a otro ciclo. Siempre miró con mucho miedo a Reboratti (Los delirios constantes le hacían tenerle más que respeto) pero ahora el enfoque era distinto. Pasó del amor a la curiosidad y veía como en su película el protagonista de antes ahora perdía su libreto.

Tan loco no estoy, Miranda. El psiquiatra me dio el alta la semana pasada y yo le creí.

15 agosto 2010

Margot Jeurdan

- Ey! Ey! Es tu turno. ¡Pásame tu libro!
- Ay, sí. Perdón. Es que usted tiene una sonrisa abrumadora. Estaba un poco concentrado en ella.
- Pura pantalla mi sonrisa. ¿Cuál es tu nombre?
- Simón Alesh.

- "Para Simón Alesh , de Margot Jeurdan". ¿Así que te gusta como escribo, Simón?
- Creo que más de lo que debiera ser.

- Me parece entonces que nos vamos a llevar muy bien.

Margot Jeurdan tenía la sonrisa fácil, pero detrás de la expresión con la que mostraba sin esfuerzo hasta la segunda muela, solía tender al fatalismo. Si no ocupaba rápido su cabeza, se hundía rápidamente en densas aguas de fatalidad, de las cuales nadie podía sacarla a excepción de Simón, su amigo musical, que una asistente de Margot solía contactar: “La señorita Jeurdan dice que venga a su casa lo más rápido que pueda”. Simón llegaba, se sentaba frente al piano de Margot y empezaba a tocar la última melodía que había aprendido en el conservatorio.

- Cuéntame, Jeurdan,..
- La pena me atrapa, querido Simón.
- Eso lo sé, pero ¿qué te ha pasado esta vez?
- Encontraron nefasto mi último ensayo. Le dediqué muchas horas y trataba de inspirarme con el disco que me regalaste de Chet Baker… Nadie lo comprendió.
Y así pasaban los minutos, hasta que de un momento a otro Simón se marchaba.
- Buena suerte, Jeurdan. Y el consejo de siempre: deberías deprimirte por cosas menos frívolas.

Siempre el consejo era el mismo, aunque la última vez, de tantas veces, realmente le clickeó en la cabeza. Se sentía en la zona limítrofe antes de llegar a la región del entendimiento, pero algo pasó: ya eran tantas las melodías que le había escuchado a Simón y era tanta la ensoñación que la rodeaba cada vez que estaba con él que ya no sabía si ahora caía en el fatalismo porque su vida profesional era mellada por algunas malas críticas o sólo para que el músico se sentara a su lado, a mover esos dedos largos y delgados de pianista nato.

De pronto los llamados de carácter urgente por parte de la señorita Jeurdan comenzaron a crecer en frecuencia en el celular de Simón.
Que la falta de inspiración, que las malas críticas, que la falta de concurrencia a las conferencias…Excusas no faltaban y volvían a transcurrir los segundos, una y otra vez con el pianito de fondo.

- ¿Por qué te vas tan temprano, Simón?
- Siempre me voy a la misma hora, Jeurdan.
- Es que hoy tengo más pena que lo habitual.
- Está bien, pero la última pieza.
- Y ¿qué vas a hacer ahora, Simón?
- Me voy a juntar con Celeste.
- ¿La tontita que juega a bailar en los teatruchos provincianos?
- Tengo planes con ella, ¿sabes? Quiere que nos casemos el próximo año.
- ¿Y ella sabe que me acompañas cada vez que te lo pido? ¿que despilfarras tu poco tiempo libre tocándome el pianito? ¿que me regalas discos sin parar?
- Tú eres mi amor platónico, Margot, pero ella es mi amor real. De vuelos constantes en el cielo no es la vida y si empiezas con que estás encaprichada conmigo no piso más tu casa. ¿Ves que puedo confundirme y enamorarme de un pequeño monstruo?

Margot volvió a sumergirse en su fatalismo cotidiano, esta vez con una excusa bastante razonable pero ya no vendrían a tocarle músicas de consuelo. Simón nunca más tocaría el pianito de la casa de Jeurdan.

18 julio 2010

La Negrita de Clemente

Clemente interpreta a un secundario erudito en un rincón del patio del colegio, con el fin de advertir de reojo cada movimiento de la Negra. Su Negrita. La Negrita de su corazón.

La Negra, linda y fatal, camina ligero meneando sus caderas hacia el kiosko donde la fila de espinilludos adolescentes dispuestos a financiarla con la Tía Rosa es innumerable.
Gracias, Pedro. Muchas Gracias, Gómez. Muy lindo, Alvaro.
Clemente actúa que es feliz, que no muere de celos, mientras Su Negrita regala besos, saludos y sonrisas a todos, incluso a él, de vez en cuando y de cuando en vez.

03 julio 2010

Por enésima vez.

Por enésima vez Ernesto dejaba plantada a Isabel.
Isabel había dicho claramente que si esta vez no llegaba mejor que olvidara lo de ellos. Y ¿Qué era lo de ellos?
Isabel no era rubia ni de ojos claros, pero tenía una mirada intensa que lo hacía dudar eternamente entre amarla o temerle.
“Un día de estos no te buscaré más”, solía decirle Isabel, ante lo cual Ernesto no sabía si entristecerse o saltar de felicidad.
Desconocía lo que le producía en el corazón Isabel. Cuando la miraba de lejos moría de amor. Cuando la miraba de cerca moría…pero de miedo.

27 mayo 2010

Maldito Prefijo Negativo

- Fernando, la vitalidad de esa muela es insalvable. Se va a endodoncia seguro si es que no quieres perder la pieza.
- ¿Endodoncia?
- Tratamiento de conductos, querido. Habla con la secretaria para ver cuanto te sale y programen la fecha de la próxima sesión.

Desde hace una semana que le dolía la muela, y a pesar de que durante el día ni se acordaba de ella, era por las noches (en el momento preciso en que se disponía a descifrar a Borges) cuando empezaban las palpitaciones, como si la muela tuviera un pequeño corazón. Trataba de aplacar el dolor con analgésicos y antibióticos automedicados pero la cosa era grave, y él lo tenía claro.
La vitalidad de esa muela es insalvable”, había dicho la doctora, y la palabra “Insalvable” le daba vueltas incesantemente.
Insalvable….
Años atrás fue su padre. Después su pololeo con Rosario y ahora su muela. “Insalvable” era una palabra que estaba bien presente en su vida.
Lo de su padre fue la diabetes poco o nada controlada. Lo de Rosario una infidelidad confesada por él mismo y lo de la muela el horror al dentista. “Insalvable”….retumbaba la palabra en su cabeza, porque recordó esa noche fría en la mutual, cuando ante una grave crisis hipertensiva de su padre, derivada de su diabetes sin control, el medico internista le dijo que éste entraba en un estado insalvable.
Insalvable…seguía dándole vueltas. Recordó cuando se fue a Valparaíso a hacer su post grado junto a su bien dotada compañera de facultad Julieta, quien luego de tres años de intenso despliegue de sus grandes dones más la importante pincelada de decadencia que le daba el tiempo a lo suyo con Rosario, logró lo que Fernando creía prácticamente imposible: Doblegarlo a sus pies una noche en el puerto. Mitad Encanto, mitad alcohol en la sangre. No pudo con la culpa y confesó su crimen a Rosario. Ésta lo finiquitó sin esperar un segundo: “Con esto nuestra relación es insalvable, Fernando” No logró hallar la interlocución correcta y Rosario se fue con una de sus curiosas carteras en el brazo y él, sin poder emitir sonido alguno.
Insalvable….daba y daba vueltas. Recordó su última ida al dentista hace una década obligado por su madre: “Diagnóstico para la pieza 1.6: Caries profunda. Es necesario que la trates enseguida, si no, puede que llegues a perder ese diente”, le dijo en esa oportunidad la doctora. Diez años después el vaticinio comenzaba a cumplirse.
Insalvable… Su padre no resucitaría. Rosario no volvería con él, y su muela estaba muerta.
“Insalvable, ¡Palabra maldita!”

18 abril 2010

April In Talca


El nombre de la canción es April in Paris. Y aunque si bien es Abril, la verdad es que estamos lejos de Paris. Muy, muy, lejos, y aunque halla una famosa frase popular que entrelaza Talca y Paris, la verdad es que nos distancia un abismo de tamaño mundial, que incluye océanos, desarrollo, luces y historia.

Desde este rincón al fin del mundo no exportamos tanta historia. Nuestra historia la borran las placas tectónicas, que en su afán de comodidad pueden transformar cualquier obra maestra en un tumulto de escombros que aparte de dejarnos sin escenografía y ensuciar, desorienta a esos transeúntes que por más que lleven arraigándose por más de dos décadas en la ciudad, sólo son capaces de recordar las calles por las estructuras que le daban forma.

Casi dos meses atrás aún existía un balconcito, lleno de encantos y misterios, situado en uno de los caserones de la calle Diagonal, a partir del cual hace más de media década, junto a un ex amor y sentados al frente de este balcón, inventamos un cuento con una trama que aún recuerdo con harta nostalgia.
Los años que siguieron transformaron el balconcito en la bodega de vinos de un restaurante, frente al cual, ya soltera y con harto menos frenetismo que en aquellos tiempos, solía sentarme, en el mismo lugar de antaño, mirando el balconcito, recordando la historia, inventándole detalles (que a los 17 difícilmente podría haber creado) para darle más emoción a esa ficción.

Hoy por hoy, mi balconcito lleno de conspiraciones, romanticismo y besos, no es más que un terreno baldío concomitante a otro terreno baldío, que a su vez concomita con otro terreno baldío, y así, y así…

A ver si los recuerdos al menos no me los arrebata un día el señor Mercalli.

31 marzo 2010

Entre Páginas


El libro de segunda mano que compré de Jorge Luis Borges ayer por la mañana tenía escrito en su primera página un nombre, con letras grandes y manuscritas: “Octavio Rojas Encina”. Antes de siquiera hojearlo, repetí el nombre en mi mente para quizás inconcientemente registrarlo en mi disco duro de pocos megabits. No avancé ni veinte páginas cuando me asaltó una gran duda: ¿Quién sería ese Octavio? ¿Sería Don Octavio? ¿Sería un adolescente despreocupado que vende sus libros para quién sabe qué? ¿Qué probabilidades hay que un adolescente se llame Octavio? Las preguntas me asediaban en desmedida así que al poco rato se me ocurrió tipear OCTAVIO ROJAS ENCINA en Google Search (que fuerte eso de que podamos encontrar pistas o detalles de cualquier persona gracias a este buscador) Varios resultados, pero sólo el primero me bastó para elucidar al hombre incógnito: “Octavio Rojas Encina, Talca. Director Preuniversitario Pedro de Valdivia” Se me prendió la ampolleta de inmediato y recordé la voz grave de un profesor de castellano que con el fin (quiero creer) de que algún adolescente de la manada que lo oía quedara en la universidad nos hablaba de los actos del habla, las modalizaciones discursivas, los tipos de textos y blablablases. El famoso Octavio R. E. fue un particular docente de lenguaje que durante ocho meses me hacía pensar que estaba escuchando un misterioso programa de radio vía amplitud modulada. ¡Qué extraña es la vida! ¡Qué maneras tan raras tiene para enmarañar caminos! Un libro que antes estaba en su biblioteca y por el cual pagó una suma considerable, ahora está en mi mini biblioteca y con un ochenta porciento de descuento.
Estaba pensando qué hago si me lo topo algún día. Tal vez le devuelva su libro. Creo que no lo quiso perder. El estado en el que se encuentra y el haber inscrito los sustantivos propios con tanta suntuosidad en la hoja inaugural me hace pensar que hubo una razón bastante poderosa para tener que desvincularse de el. He pasado ya bastantes horas elucubrando razones de tal divorcio, pero la verdad es que después del terremoto me cuesta aún más que antes armar ideas. Quizás ni el mismo Sherlock podría unir los eslabones y ni el mismo Borges poder escribirlos.
Una vez que lo termine de leer se lo devuelvo. Para mí las coincidencias no existen. En la página número cien, al comienzo del cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” hay una firma. Quizás sea del mismo Borges….

22 marzo 2010

En el Teatro de La Esquina


Miró su reloj: “Las ocho pe eme”. Dejó de estudiar para la prueba del día siguiente y se puso en dirección al teatro. Tenía agendado un concierto allí, el grupo de Martín tocaría sus blues. Hacía un mes que había comprado la entrada, sin saber si era por masoquismo, por amor, sin saber por qué.
Las butacas estaban lo suficientemente vacías como para poder elegir la que se le viniera en gana. Faltaban 15 minutos para que comenzara a sonar la música, entonces optó por observar al respetable poco público que se encontraba disperso por todos lados. En eso vio a lo lejos a un ex - ex, que atoraba de besos a la desafortunada actual. Se hizo la desentendida y un chiquillo de particulares bigotes se sentó a su lado.
- ¿No está ocupado, cierto?- le preguntó.
- No. Para nada- respondió sonriendo Violeta.
“…Con ustedes: Martín Cassaretto Trío” se escuchó con una voz grave por los parlantes. Se apagaron las luces generales. Se prendieron las de la escena musical.
De ahí en adelante era ella y el escenario. Luego ella y la banda. Después ella y la música, decantando todo en ella y Martín. “¡Maldición! No puedo volver a enamorarme de Martín, mejor me voy!”- pensó.
- Disculpe me podría dar permiso.
- ¿Se va?- preguntó el tipo de los particulares bigotes.
- Sí.
- Pero está lloviendo muy fuerte.
- Los colectivos pasan cerca…
- Yo ando en auto. Si quiere podría ir a dejarla a su casa.
- No, gracias, no se preocupe, no es la primera vez que ando sola mientras llueve.

Se marchó, con una sutil complacencia producto de la preocupación que había despertado en el de los particulares bigotes. Paró la lluvia e instantáneamente ya no quiso seguir con sus planes. Martín no la volvería a abrumar, así que se le ocurrió devolver sus pasos al teatro, en una de esas el concierto aún no terminaba o mejor aún podría encontrarse con el tipo de los particulares bigotes. “Ni siquiera le pregunté como se llamaba, y tan amable que fue conmigo” Apuró sus pasos. El concierto había terminado y la gente estaba saliendo. Empezó a buscar al tipo de los bigotes, con un desespero que no sabía de dónde le nacía. Lo encontró, ni más ni menos que conversando con los integrantes de la banda. Lo miró y esperó a que algo la impulsara a dirigirle la palabra. Una especie de señal clarividente que le diera la venia, pero no fue necesario. El de los bigotes se anticipo y percatándose que era objeto de observación se volteó y la vio. Le sonrío con extrañeza.
- ¿Y tu no te habías ido?- le preguntó.
- Es que paró la lluvia y pensé que sería una estupidez desperdiciar una cita previamente planificada con el teatro.
- Pero llegaste tarde, acabó todo. Aunque te podría ayudar a darle trama a tu regreso.
- ¿En serio? Y ¿cómo?- respondió dudosa, Violeta.
- Te invito a escuchar música. Conozco a los chicos de la banda, somos compañeros de universidad, y van a tocar en el barcito nuevo, que se instaló dos cuadras más abajo- Hizo una pausa y prosiguió- Me llamo Cristián y ¿tu?
- Me llamo Violeta, y me da mucho gusto conocerte.
- El gusto es mío.