07 mayo 2011

El Perseguidor (Las Armas Secretas, 1959) Julio Cortázar.

El tiempo es abstracto. Tratar de explicarlo más allá de una magnitud física es muy complejo y resulta que lamentablemente es mucho más que una de las partes de un problema cuántico. Eso bien lo sabía Julio Cortázar cuando tuvo la maravillosa gran visión de “El Perseguidor”.

El Perseguidor es uno de los cinco cuentos que forma parte del libro “Las Armas Secretas” y me incliné a recomendar sólo este cuento en vez del libro completo por la capacidad tan fácil que tiene de sobresalir del resto.

Bruno es un periodista y crítico de música que se encuentra realizando una biografía de un saxofonista muy famoso llamado Johnny Carter, quien le debe a esa gran fama y a la adicción a las drogas sus constantes trastornos emocionales, adicionándole un delicado estado psicológico. Su refugio es la música, el jazz, en el que busca crearse una realidad propia, donde el tiempo cronológico ya no lo determine más una manecilla de reloj sino las notas de su saxofón.

Y como el tiempo se encarga de transformar todo en recuerdo, Johnny pasa los segundos como si fueran horas evocando su pasado y a sus amigos. Mucha de la atemporalidad en la que vive se la debe a la gran soledad que lo rodea, aunque halla cientos a su lado glorificando al cielo sus jam sessions. Mientras escribe, Bruno hace críticas en contra de su accionar y hasta lo envidia, pero hay algo que no puede envidiar: el gran dolor en el alma de Johnny cuando dice “esto ya lo toqué mañana”.

14 marzo 2011

Avenida Gorlero

“…Yo soy un vicio más.
En tu vida soy un vicio más.
¿Por qué no me dejás,
Si es qué soy tan sólo un
Vicio?
Tu vicio.”
(Tu Vicio, Charly García.)

Uruguay.
Luciano está parado afuera de su recientemente inaugurada parrillada en Avenida Gorlero, esperando que algún lugareño o turista entre a su milonguero lugar de carnes. Una extranjera de paso por la playa lo divisa a lo lejos. Ella es la Charruíta Express, quien tiene la oportunidad de verlo muy seguido, ya que su hotel está a la pasada de su parrillada, por lo que Luciano empieza a ser un personaje bastante cotidiano en su estadía que concluye en una semana más.

La Charruíta Express es originaria de San José, Costa Rica, donde tiene fama de bruja. Cualquier cosa que un día caprichosamente se le ocurre poseer lo consigue forjando conjuros que lanza a la luna en las tibias noches de San José. Fue de esta forma como consiguió trabajo, un sueldo estratosférico, un Chrysler negro…Como a final de cuentas consigue todo lo que quiere. Pero a pesar de ser media bruja y loca, no tiene personalidad esquizoide y no se obsesiona fácil, pero el psicopatear a Luciano se ha transformado en un hábito estival que ya le está haciendo mucho daño. A estas alturas ni siquiera se va a bañar a la playa o a despilfarrar dinero en el cuasi mall de Valentino. En vez de eso, va cada atardecer a la parrillada de Luciano.
Y Ahí está Luciano, con su camisa roja y sus pantalones negros ceñidos. Sonríe sin cansarse, coqueto y fascinante con cada alma que merodea el lugar. Sin darse cuenta de que la Charruíta Express ya es cliente frecuente, la hace pasar, atendiéndola sin distinción alguna, pero con esa seducción tan propia de las charrúas.
- ¡Aquí tiene la carta, señorita!- le dice Luciano, con una voz grave y levemente dispersa.
- No se preocupe, ya tengo listo lo que voy a pedir. - se apresura en decir la Charruíta Express.
- Me decís, que te anoto enseguida.
- Quiero una parrillada sin mollejas y algún vinito Tannat, que queda a tú criterio, pero antes de irte dime, ¿qué escuchamos?- pregunta la Charruíta, intrigada por el sonido de unos instrumentos que en San José no se escuchan.
- Escuchamos tango. “Otros Aires” es el grupo. Es electrotango argentino- le responde entusiasmado Luciano- ¡Ya! En seguida traigo su orden.
En ese momento la Charruíta no se aguanta más. Quiere conseguir a Luciano rápido. Esa misma noche. Después de pagar mira intensamente a los ojos de ese Luciano que tiene las horas contadas: en los próximos instantes será propiedad de la Charruíta Express.

Así que corre a la playa. Conjura a la luna de medianoche como allá en San José.
Se despierta a la mañana siguiente con mucha ansiedad. Camina rápido hacia la avenida. Divisa a Luciano tal como siempre, sin embargo percibe algo extraño. Nada ha cambiado en él, pero cuando la Charruíta pasa por su lado y le pregunta a qué hora abre la parrillada, la respuesta es un cotidiano “a las ocho”, como si ella fuese una más de toda la larga fila de turistas que lo cargosean a diario. Si su conjuro hubiese tenido efecto, este la habría desvanecido entre sus brazos. Se pregunta que pudo haber fallado. Antes había enamorado a muchos mediante éstos métodos allá en San José…

Pero lo que nadie sabe es que en la Avenida Gorlero no manda ni la luna, ni la magia, ni la Charruíta. Manda el tango milonguero y sólo sucede lo que pretenda su inefable bandoneón. Así que la Charruíta Express deberá aprender que la vida es una milonga que hay que saber bailar.

15 febrero 2011

Revista Jalea!

Hace un tiempo un amigo muy creativo me dijo que tenía la idea de hacer una revista digital que incorporara trabajos artísticos (cuentos, dibujos, poemas, etc.) de quien quisiera participar. Después de mucho trabajo por parte del editor y la recolección de los trabajos (incluido un cuento mío) se dio a luz a Jalea, una revista que contiene de todo, pero lo genial de ella es que envuelve un solo concepto a partir del cual giran las creaciones de los que cooperamos. Lo más bacán es que cada aporte tiene su correspondiente ilustración que quedaron de lo más lindas que hay. Así que no me queda más que invitarlos a visitar el sitio y disfrutar de la primera edición de Jalea.
www.revistajalea.blogspot.com

Saludos!
SSilva.

13 enero 2011

Un Vodka por Laura

Iván ya se había tomado todo lo que podía tomar, fumado toda la variedad de cosas que se podía fumar, poseído a todas las mujeres que había querido y tan sólo tenía 23 años. La experimentación partió de joven, por ahí a los 12 años, y a estas altura no sabía distinguir sus momentos de lucidez. Pero algo tenía. Al igual que el alcohol, las sustancias non-sanctas, las mujeres, Iván se había leído toda la biblioteca que Laura, su culta madre y Andrés, su estudioso padrastro habían armado al momento de casarse. Desde Dostoievsky hasta Skármeta. Todo ya lo había leído y no existía forma que le pasaran gato por liebre, pero para despilfarrar soberbia de letras poca eran las veces que se encontraba sobrio.

Su madre y su padrastro, un par de abogados que ejercían como jueces, nunca estaban en casa. Las veces que sí, armaban tremendas tertulias donde el público era representado por escritores, poetas, actrices, abogados, doctores y políticos. Iván, que heredó la inteligencia de su madre y el físico de su padre (fallecido víctima de un accidente en moto meses antes de nacer Iván) derrochaba garbo y atractivo por donde pasaba. Cualquier actriz o escritora que deseó no tuvo el menor valor para negarse ante Iván, que las manipulaba como arcilla. Así de fácil como las conquistaba también las dejaba, trago más cuaderno en mano, donde se ponía a escribir como enajenado. Inventaba historias, desde esa angustiosa soledad. Historias cargadas de toda esa emotividad que siempre anheló pero que nunca recibió. Cuantas veces deseó que su madre en vez de ser objeto de deseo de viejos políticos, estuviera con él, en su pieza, escuchando cómo le había ido en el día, cómo el profesor lo había felicitado por el examen de Derecho Civil, como la Ester (esa morena esquiva) no se percataba de que existía y que por favor le diera un consejo para dejar de sufrir por amor. Por el contrario, lo único que tenía de su madre eran los recuerdos que trataba de hacer constantes para poder vivir los días de esa vida rica de saber, pero pobre de sentimientos. Recordaba cuando de pequeño se quedaba dormido en las reuniones de sus padres, momento en el cual su madre lo levantaba y lo llevaba a su pieza. La recordaba tan guapa, tan coqueta, tan llena de ideales, tan inútil con las comidas que no sabía cocinar ni un huevo revuelto. Recordaba las salidas nocturnas frecuentes mientras él se quedaba durmiendo, al cuidado de la señora Tere, la niñera. Él añoraba estar con su madre, pero se la quitaban, partiendo por su padrastro, que le insistía que fueran al partido, a la exposición de pintura, a la presentación de un libro, a la tertulia de perico de los palotes. Eternamente, los mañanas siguientes a las salidas nocturnas, Iván adormilado iba a la pieza de ellos a ver si ya habían llegado. En principio se asustaba porque sólo veía a Andrés, pero su madre ya se había levantado hace rato (para dormir era tan o más mala que para cocinar) abriendo los ventanales al son de los ritmitos de Brasil. “¡Ivancito!, ¡ya te despertaste! ¡Ven a desayunar conmigo!”

Siempre era lo mismo: simpática, agradable, encantadora, aunque curiosa como madre. Iván, desde temprana edad, se dio cuenta que ella nunca lo iba a esperar con el almuerzo listo, con pancito y leche caliente después de llegar del colegio. Menos le iba a planchar la ropa, para eso estaba la Tere, pero Iván nunca le reprochaba un “y cómo la mamá de…” porque sabía que su madre era para otras cosas: Para conversar, para declamar sus escritos, para sonreír y ser hermosa imperecederamente.
Las remembranzas ocupaban gran parte de su día en una falsa sobriedad que más bien era la recuperación de la resaca de las noches previas, atiborradas de una nada que ahora le parecía un abismo. Quiso correr a los brazos de Ester, pero ésta siempre lo miraba con desconfianza, como si hubiera leído el libro de su vida el cual relata esa existencia sin madre, sin sustancia, sin amor.

Ester siempre lo consideró un pirado mujeriego, mientras que Iván la veía como un sueño, como debió ser de estudiante su madre. Distinta a todas las mujeres con las que había estado por el simple hecho de negársele a todos los imbéciles que la acechaban (incluyéndolo a él). Hubiese dado tanto por que ella lo acariciara, que le dijera que a su lado no se volvería a sentir más angustiado, que con ella la felicidad estaba más cerca. Pero no, Ester jamás lo amaría. Era muy cuerda como para aguantarle las borracheras, las resacas y ser una más en la lista. Ester estaba destinada a tener una familia bien constituida, igual a la de ella, distinta a la de Iván. Un día la escuchó hablar con su pololo sobre Tolstoi y su punto de vista sobre el rol de los intelectuales previo a la Revolución Rusa: “Se empecinaban tanto en promover la revolución pero se desocupaban de lo más importante; nunca compensaron su alma y sin alma todo pierde sentido”. La reflexión de Ester le llegó con infinitos puntos de impacto, porque de cierta forma su madre y su padrastro eran como los intelectuales de Tolstoi, muy letrados pero sin la mínima noción de que había una persona que actuaba como hijo e hijastro, que se ahogaba gritando en silencio deseando un poco de cariño. Después de eso tomó, tomó, tomó. Sacó su lápiz y bajo la tenue luz de su cabaret preferido comenzó a escribir: “No sabes como te preciso, Mamá. Te preciso aunque poco has estado conmigo, pero es eso lo que te vuelve aún más imprescindible…”. Estaba en esa línea cuando sintió una presencia muy cálida a su lado. Al voltearse no pudo contener su cara de sorpresa. Era su madre que lo que venía a buscar. “¡Ivancito! ¡Sabía que estarías aquí! De chico que te ha gustado este lugar. ¿Estás borracho? ¿Aún no? ¿Penas de amor? Bueno, lo que sea. Mira, te vine a buscar porque con Andrés decidimos tomar caminos distintos. Se fue con una de esas actrices, creo que con la Anita Ojeda. Decidí renunciar al partido para no verle la cara a ninguno de ellos y quiero estar más contigo, Iván. Así que deja ese vodka que nos vamos para la casa”. Iván, que sobrevivió entregado a la soledad que el destino sin mezquindad le había brindado, sintió que algo inimaginable le llenaba los vacíos de su alma. Se acordó de la teoría de compensación del alma de Ester (“Cómo tiene razón”, pensaba) y con su madre, que de una vez por todas lo incorporaba a su andar, se llenaba de una alegría difícil de describir. Tenía a Laura, su madre escurridiza, sólo le faltaba Ester, su musa difícil, aunque eso era trabajo para el futuro. El presente le había traído a su madre y con ella las cosas no se veían tan graves. De seguro a ella se le ocurriría más de una forma para poder conquistar a Ester, aunque a estas alturas, eso era lo de menos.

29 agosto 2010

Encanto Maldito

El Santiago en 100 Palabras ya tiene a sus finalistas y prefirieron no contar con mi astucia así que ahí les va uno de los cuentos con los que participé...

Encanto Maldito

Cada vez que Manuela pretende terminar de leer el libro de Cortázar aparece en el vagón Roberto.
La concentración se le va hacia él y queda en eterno suspenso la página doscientos doce. Pero Roberto si que puede leer libros (cada semana uno distinto) sin problemas comprensivos.
A Manuela le da rabia que el encanto maldito de Roberto le robe la atención, mientras que ella para él es una transeúnte más.
Y siempre sigue Cortázar en la página doscientos once.
Doscientos once y dos quintos.
Doscientos once y tres cuartos.
Doscientos once y Roberto que subirá en la siguiente estación.

17 agosto 2010

El Loco Reboratti

Miranda nunca supo en que momento Reboratti se había vuelto loco.
"Antes no era así, chiquillas. Era tan piola. Un niño lindo, pintoresco, con un libro en sus manos y audífonos en sus orejas. De pocos amigos eso sí, pero era muy popular entre las mujeres. A ellas les gustaba su estilo: mezcla entre hippie y músico", les decía la Miri a sus amigas.
Ahí lo conoció Miranda, en su mejor momento. Solía secuestrar toda su atención y de ahí no se la devolvía hasta que se le perdiera de vista.
Le gustaba verlo leer. Aunque más que eso le gustaba su perfil inclinado hacia las hojas y el aire de apacibilidad que lo envolvía.

Cuando estoy solo, no debo demostrarle nada a nadie. No debo ser inteligente. El desapego da libertad.

Nunca supo en que momento tuvo la maldita idea de hablarle, no pensó en ninguna forma que se podría coartar una de las historias más lindas que había creado en su cabeza.

Mi cuerpo quedó con otra persona adentro y ese otro personaje no reconocía a nadie, no tenía nombre, no sabía nada de mí. No tocaba guitarra y hablaba distinto.

Reboratti asesinó con placer cada una de las ideas que Miranda se había armado de él y disfrutaba estos crímenes acostado leyendo a Charles Dickens. Pero muy a su pesar la Miri no podía dejar de prestarle un poco de su atención. Algo de él siempre le atraía.

Entrenamiento autógeno; una forma de meditación y autohipnosis.

Luego de dos años de conversaciones extraviadas de la realidad con Miranda y mientras se confundía de personalidad con Ebenezer Scrooge, Reboratti pensó en ella y aunque no le atraía ni un carajo se dio cuenta que a fin de cuentas era la única que le prestaba atención cuando la ansiedad no la paraba ni con pastillas.

Voy a tocar en un Club Nocturno, Miranda, si quieres vas.


Pero para entonces, la Miri, ya había pasado a otro ciclo. Siempre miró con mucho miedo a Reboratti (Los delirios constantes le hacían tenerle más que respeto) pero ahora el enfoque era distinto. Pasó del amor a la curiosidad y veía como en su película el protagonista de antes ahora perdía su libreto.

Tan loco no estoy, Miranda. El psiquiatra me dio el alta la semana pasada y yo le creí.

15 agosto 2010

Margot Jeurdan

- Ey! Ey! Es tu turno. ¡Pásame tu libro!
- Ay, sí. Perdón. Es que usted tiene una sonrisa abrumadora. Estaba un poco concentrado en ella.
- Pura pantalla mi sonrisa. ¿Cuál es tu nombre?
- Simón Alesh.

- "Para Simón Alesh , de Margot Jeurdan". ¿Así que te gusta como escribo, Simón?
- Creo que más de lo que debiera ser.

- Me parece entonces que nos vamos a llevar muy bien.

Margot Jeurdan tenía la sonrisa fácil, pero detrás de la expresión con la que mostraba sin esfuerzo hasta la segunda muela, solía tender al fatalismo. Si no ocupaba rápido su cabeza, se hundía rápidamente en densas aguas de fatalidad, de las cuales nadie podía sacarla a excepción de Simón, su amigo musical, que una asistente de Margot solía contactar: “La señorita Jeurdan dice que venga a su casa lo más rápido que pueda”. Simón llegaba, se sentaba frente al piano de Margot y empezaba a tocar la última melodía que había aprendido en el conservatorio.

- Cuéntame, Jeurdan,..
- La pena me atrapa, querido Simón.
- Eso lo sé, pero ¿qué te ha pasado esta vez?
- Encontraron nefasto mi último ensayo. Le dediqué muchas horas y trataba de inspirarme con el disco que me regalaste de Chet Baker… Nadie lo comprendió.
Y así pasaban los minutos, hasta que de un momento a otro Simón se marchaba.
- Buena suerte, Jeurdan. Y el consejo de siempre: deberías deprimirte por cosas menos frívolas.

Siempre el consejo era el mismo, aunque la última vez, de tantas veces, realmente le clickeó en la cabeza. Se sentía en la zona limítrofe antes de llegar a la región del entendimiento, pero algo pasó: ya eran tantas las melodías que le había escuchado a Simón y era tanta la ensoñación que la rodeaba cada vez que estaba con él que ya no sabía si ahora caía en el fatalismo porque su vida profesional era mellada por algunas malas críticas o sólo para que el músico se sentara a su lado, a mover esos dedos largos y delgados de pianista nato.

De pronto los llamados de carácter urgente por parte de la señorita Jeurdan comenzaron a crecer en frecuencia en el celular de Simón.
Que la falta de inspiración, que las malas críticas, que la falta de concurrencia a las conferencias…Excusas no faltaban y volvían a transcurrir los segundos, una y otra vez con el pianito de fondo.

- ¿Por qué te vas tan temprano, Simón?
- Siempre me voy a la misma hora, Jeurdan.
- Es que hoy tengo más pena que lo habitual.
- Está bien, pero la última pieza.
- Y ¿qué vas a hacer ahora, Simón?
- Me voy a juntar con Celeste.
- ¿La tontita que juega a bailar en los teatruchos provincianos?
- Tengo planes con ella, ¿sabes? Quiere que nos casemos el próximo año.
- ¿Y ella sabe que me acompañas cada vez que te lo pido? ¿que despilfarras tu poco tiempo libre tocándome el pianito? ¿que me regalas discos sin parar?
- Tú eres mi amor platónico, Margot, pero ella es mi amor real. De vuelos constantes en el cielo no es la vida y si empiezas con que estás encaprichada conmigo no piso más tu casa. ¿Ves que puedo confundirme y enamorarme de un pequeño monstruo?

Margot volvió a sumergirse en su fatalismo cotidiano, esta vez con una excusa bastante razonable pero ya no vendrían a tocarle músicas de consuelo. Simón nunca más tocaría el pianito de la casa de Jeurdan.

18 julio 2010

La Negrita de Clemente

Clemente interpreta a un secundario erudito en un rincón del patio del colegio, con el fin de advertir de reojo cada movimiento de la Negra. Su Negrita. La Negrita de su corazón.

La Negra, linda y fatal, camina ligero meneando sus caderas hacia el kiosko donde la fila de espinilludos adolescentes dispuestos a financiarla con la Tía Rosa es innumerable.
Gracias, Pedro. Muchas Gracias, Gómez. Muy lindo, Alvaro.
Clemente actúa que es feliz, que no muere de celos, mientras Su Negrita regala besos, saludos y sonrisas a todos, incluso a él, de vez en cuando y de cuando en vez.

03 julio 2010

Por enésima vez.

Por enésima vez Ernesto dejaba plantada a Isabel.
Isabel había dicho claramente que si esta vez no llegaba mejor que olvidara lo de ellos. Y ¿Qué era lo de ellos?
Isabel no era rubia ni de ojos claros, pero tenía una mirada intensa que lo hacía dudar eternamente entre amarla o temerle.
“Un día de estos no te buscaré más”, solía decirle Isabel, ante lo cual Ernesto no sabía si entristecerse o saltar de felicidad.
Desconocía lo que le producía en el corazón Isabel. Cuando la miraba de lejos moría de amor. Cuando la miraba de cerca moría…pero de miedo.

27 mayo 2010

Maldito Prefijo Negativo

- Fernando, la vitalidad de esa muela es insalvable. Se va a endodoncia seguro si es que no quieres perder la pieza.
- ¿Endodoncia?
- Tratamiento de conductos, querido. Habla con la secretaria para ver cuanto te sale y programen la fecha de la próxima sesión.

Desde hace una semana que le dolía la muela, y a pesar de que durante el día ni se acordaba de ella, era por las noches (en el momento preciso en que se disponía a descifrar a Borges) cuando empezaban las palpitaciones, como si la muela tuviera un pequeño corazón. Trataba de aplacar el dolor con analgésicos y antibióticos automedicados pero la cosa era grave, y él lo tenía claro.
“La vitalidad de esa muela es insalvable”, había dicho la doctora, y la palabra “Insalvable” le daba vueltas incesantemente.
Insalvable….
Años atrás fue su padre. Después su pololeo con Rosario y ahora su muela. “Insalvable” era una palabra que estaba bien presente en su vida.
Lo de su padre fue la diabetes poco o nada controlada. Lo de Rosario una infidelidad confesada por él mismo y lo de la muela el horror al dentista. “Insalvable”….retumbaba la palabra en su cabeza, porque recordó esa noche fría en la mutual, cuando ante una grave crisis hipertensiva de su padre, derivada de su diabetes sin control, el medico internista le dijo que éste entraba en un estado insalvable.
Insalvable…seguía dándole vueltas. Recordó cuando se fue a Valparaíso a hacer su post grado junto a su bien dotada compañera de facultad Julieta, quien luego de tres años de intenso despliegue de sus grandes dones más la importante pincelada de decadencia que le daba el tiempo a lo suyo con Rosario, logró lo que Fernando creía prácticamente imposible: Doblegarlo a sus pies una noche en el puerto. Mitad Encanto, mitad alcohol en la sangre. No pudo con la culpa y confesó su crimen a Rosario. Ésta lo finiquitó sin esperar un segundo: “Con esto nuestra relación es insalvable, Fernando” No logró hallar la interlocución correcta y Rosario se fue con una de sus curiosas carteras en el brazo y él, sin poder emitir sonido alguno.
Insalvable….daba y daba vueltas. Recordó su última ida al dentista hace una década obligado por su madre: “Diagnóstico para la pieza 1.6: Caries profunda. Es necesario que la trates enseguida, si no, puede que llegues a perder ese diente”, le dijo en esa oportunidad la doctora. Diez años después el vaticinio comenzaba a cumplirse.
Insalvable… Su padre no resucitaría. Rosario no volvería con él, y su muela estaba muerta.
“Insalvable, ¡Palabra maldita!”

18 abril 2010

April In Talca


El nombre de la canción es April in Paris. Y aunque si bien es Abril, la verdad es que estamos lejos de Paris. Muy, muy, lejos, y aunque halla una famosa frase popular que entrelaza Talca y Paris, la verdad es que nos distancia un abismo de tamaño mundial, que incluye océanos, desarrollo, luces y historia.

Desde este rincón al fin del mundo no exportamos tanta historia. Nuestra historia la borran las placas tectónicas, que en su afán de comodidad pueden transformar cualquier obra maestra en un tumulto de escombros que aparte de dejarnos sin escenografía y ensuciar, desorienta a esos transeúntes que por más que lleven arraigándose por más de dos décadas en la ciudad, sólo son capaces de recordar las calles por las estructuras que le daban forma.

Casi dos meses atrás aún existía un balconcito, lleno de encantos y misterios, situado en uno de los caserones de la calle Diagonal, a partir del cual hace más de media década, junto a un ex amor y sentados al frente de este balcón, inventamos un cuento con una trama que aún recuerdo con harta nostalgia.
Los años que siguieron transformaron el balconcito en la bodega de vinos de un restaurante, frente al cual, ya soltera y con harto menos frenetismo que en aquellos tiempos, solía sentarme, en el mismo lugar de antaño, mirando el balconcito, recordando la historia, inventándole detalles (que a los 17 difícilmente podría haber creado) para darle más emoción a esa ficción.

Hoy por hoy, mi balconcito lleno de conspiraciones, romanticismo y besos, no es más que un terreno baldío concomitante a otro terreno baldío, que a su vez concomita con otro terreno baldío, y así, y así…

A ver si los recuerdos al menos no me los arrebata un día el señor Mercalli.

31 marzo 2010

Entre Páginas


El libro de segunda mano que compré de Jorge Luis Borges ayer por la mañana tenía escrito en su primera página un nombre, con letras grandes y manuscritas: “Octavio Rojas Encina”. Antes de siquiera hojearlo, repetí el nombre en mi mente para quizás inconcientemente registrarlo en mi disco duro de pocos megabits. No avancé ni veinte páginas cuando me asaltó una gran duda: ¿Quién sería ese Octavio? ¿Sería Don Octavio? ¿Sería un adolescente despreocupado que vende sus libros para quién sabe qué? ¿Qué probabilidades hay que un adolescente se llame Octavio? Las preguntas me asediaban en desmedida así que al poco rato se me ocurrió tipear OCTAVIO ROJAS ENCINA en Google Search (que fuerte eso de que podamos encontrar pistas o detalles de cualquier persona gracias a este buscador) Varios resultados, pero sólo el primero me bastó para elucidar al hombre incógnito: “Octavio Rojas Encina, Talca. Director Preuniversitario Pedro de Valdivia” Se me prendió la ampolleta de inmediato y recordé la voz grave de un profesor de castellano que con el fin (quiero creer) de que algún adolescente de la manada que lo oía quedara en la universidad nos hablaba de los actos del habla, las modalizaciones discursivas, los tipos de textos y blablablases. El famoso Octavio R. E. fue un particular docente de lenguaje que durante ocho meses me hacía pensar que estaba escuchando un misterioso programa de radio vía amplitud modulada. ¡Qué extraña es la vida! ¡Qué maneras tan raras tiene para enmarañar caminos! Un libro que antes estaba en su biblioteca y por el cual pagó una suma considerable, ahora está en mi mini biblioteca y con un ochenta porciento de descuento.
Estaba pensando qué hago si me lo topo algún día. Tal vez le devuelva su libro. Creo que no lo quiso perder. El estado en el que se encuentra y el haber inscrito los sustantivos propios con tanta suntuosidad en la hoja inaugural me hace pensar que hubo una razón bastante poderosa para tener que desvincularse de el. He pasado ya bastantes horas elucubrando razones de tal divorcio, pero la verdad es que después del terremoto me cuesta aún más que antes armar ideas. Quizás ni el mismo Sherlock podría unir los eslabones y ni el mismo Borges poder escribirlos.
Una vez que lo termine de leer se lo devuelvo. Para mí las coincidencias no existen. En la página número cien, al comienzo del cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” hay una firma. Quizás sea del mismo Borges….

22 marzo 2010

En el Teatro de La Esquina


Miró su reloj: “Las ocho pe eme”. Dejó de estudiar para la prueba del día siguiente y se puso en dirección al teatro. Tenía agendado un concierto allí, el grupo de Martín tocaría sus blues. Hacía un mes que había comprado la entrada, sin saber si era por masoquismo, por amor, sin saber por qué.
Las butacas estaban lo suficientemente vacías como para poder elegir la que se le viniera en gana. Faltaban 15 minutos para que comenzara a sonar la música, entonces optó por observar al respetable poco público que se encontraba disperso por todos lados. En eso vio a lo lejos a un ex - ex, que atoraba de besos a la desafortunada actual. Se hizo la desentendida y un chiquillo de particulares bigotes se sentó a su lado.
- ¿No está ocupado, cierto?- le preguntó.
- No. Para nada- respondió sonriendo Violeta.
“…Con ustedes: Martín Cassaretto Trío” se escuchó con una voz grave por los parlantes. Se apagaron las luces generales. Se prendieron las de la escena musical.
De ahí en adelante era ella y el escenario. Luego ella y la banda. Después ella y la música, decantando todo en ella y Martín. “¡Maldición! No puedo volver a enamorarme de Martín, mejor me voy!”- pensó.
- Disculpe me podría dar permiso.
- ¿Se va?- preguntó el tipo de los particulares bigotes.
- Sí.
- Pero está lloviendo muy fuerte.
- Los colectivos pasan cerca…
- Yo ando en auto. Si quiere podría ir a dejarla a su casa.
- No, gracias, no se preocupe, no es la primera vez que ando sola mientras llueve.

Se marchó, con una sutil complacencia producto de la preocupación que había despertado en el de los particulares bigotes. Paró la lluvia e instantáneamente ya no quiso seguir con sus planes. Martín no la volvería a abrumar, así que se le ocurrió devolver sus pasos al teatro, en una de esas el concierto aún no terminaba o mejor aún podría encontrarse con el tipo de los particulares bigotes. “Ni siquiera le pregunté como se llamaba, y tan amable que fue conmigo” Apuró sus pasos. El concierto había terminado y la gente estaba saliendo. Empezó a buscar al tipo de los bigotes, con un desespero que no sabía de dónde le nacía. Lo encontró, ni más ni menos que conversando con los integrantes de la banda. Lo miró y esperó a que algo la impulsara a dirigirle la palabra. Una especie de señal clarividente que le diera la venia, pero no fue necesario. El de los bigotes se anticipo y percatándose que era objeto de observación se volteó y la vio. Le sonrío con extrañeza.
- ¿Y tu no te habías ido?- le preguntó.
- Es que paró la lluvia y pensé que sería una estupidez desperdiciar una cita previamente planificada con el teatro.
- Pero llegaste tarde, acabó todo. Aunque te podría ayudar a darle trama a tu regreso.
- ¿En serio? Y ¿cómo?- respondió dudosa, Violeta.
- Te invito a escuchar música. Conozco a los chicos de la banda, somos compañeros de universidad, y van a tocar en el barcito nuevo, que se instaló dos cuadras más abajo- Hizo una pausa y prosiguió- Me llamo Cristián y ¿tu?
- Me llamo Violeta, y me da mucho gusto conocerte.
- El gusto es mío.

16 marzo 2010

Una escafandrista escondida

Clarita tiene 46 años y su epilepsia la ha acompañado desde que nació. La genética arrasó en la familia y dejó a su hermano menor instalado hace décadas en un manicomio. Su epilepsia agresiva la tiene postrada en una silla de ruedas y en un entorno llamado Hogar del Buen Samaritano, en Molina (Región de Maule, recientemente terremotiada) Comparte techo con ancianas en un 90% con altos grado de locura. Muchas gritan, muchas lloran, muchas declaman poemas…

Nadie sabe quien suministra el aporte económico que permite que Clarita permanezca en el hogar. Es casi un secreto de estado, pero dice la leyenda que su destino es extraño. Una verdadera historia de reyes franceses del siglo XIV, que articula tramas de familias acaudaladas que no pudieron soportar que uno de sus integrantes tuviera estos niveles de deterioro cognitivo.

Clarita en ocasiones entona monólogos en un lenguaje demasiado pulcro y eleva la autoconversación a niveles, sin exagerar, que podrían ser académicos: “De mi familia sé lo suficientemente poco como para siquiera poder decir algo sobre ella”

Tiene una mirada intensa, de unos insondables ojos verdes. Su cabellera es profundamente oscura y su piel increíblemente pálida. Pendula sobre la locura y la lucidez, inclinándose mayormente sobre la primera (¿quien no lo haría?) Aunque sin importar el estado de su mente ella se dedica simplemente a observar, quizás hasta a analizar, ¿por qué no?, eso nadie lo sabrá nunca. Pero ahí está, sentada en su silla de ruedas, agudizando los ojos ante cada detalle, con esa mirada que si pronto no acompaña con una sutil sonrisa podría servir para spot publicitario de una película basada en algún libro de Stephen King. Las enfermeras cuchichean que es mejor ni hablarle después de un reciente ataque o durante su período femenino. Las personas que lo han hecho no han podido sobrevivir para contarlo. No, mentira. Lo cierto es que no hay forma de borrarles de la cabeza esa mirada tan inquietante y a la vez tan tétrica, que por la ocasión no tiene sonrisa atenuante como extra.
Y del amor, ¿qué hay? No hay vida sin amor. No hay historia que merezca la pena ser narrada sin amor y esta no es la excepción. Está Jorge, del pabellón de hombres, que un buen día, cuando por casualidad chocaron en el jardín, le pidió que fueran pololos. Clarita no se negó y comenzaron su romance. Mitad locura, mitad lucidez. Como ellos. Como su esencia. Conversaban poco, se miraban mucho. Así hasta que un día Jorge escapó. Después de eso los días fueron solitarios para Clarita, que se sumergió aún más en ese mutismo de sentidos. Pero una tardía mañana Jorge volvió, aunque con una pequeña salvedad: Ya no recordaba a Clarita (o “Clara” como él la llamaba)
Mientras tanto los días pasan, inflexibles. Ella duerme, se levanta, come algo y observa. Luego come, observa y se acuesta. Duerme, se levanta, come algo y observa. Luego come, observa y se acuesta… “Me parece que la última vez que María vino a este lugar no usaba lentes. Definitivamente nadie sabe como van a terminar las personas”
Sí Clarita, toda la razón.

13 marzo 2010

Terremotiada (Fragmento)

(…) es como si quisiera abstraerme de todo esto que inunda la televisión, el diario, la radio, todo. Quiero pensar que estos terremotos son como una de esas películas que uno va a ver al cine, y que mientras comemos cabritas, damos por sentado que son cosas que sólo pueden ocurrir armando montajes, guiones y música de John Williams.

Mis amigos libreros del mercado quien sabe donde estarán. El irresponsable y siempre inubicable tipo que estaba arreglando mi computador que tenía toda la música que había bajado el último trimestre ocupando las redes de la universidad vivía en un departamento inclinado en el cual pocos valientes quedan. Claramente él no.
Poco de lo que solía completarme la vida ha quedado en pie y aunque tenga la convicción de que pronto esta pesadilla se acabará, no puedo no codiciar con alevosía mis lugares comunes y lo cotidiano de mi andar.

En estos días mis oídos se han agudizado bastante y percibo las réplicas casi diez segundos antes que se peguen el coqueteo con la ONEMI. En mi casa hay como tres planes de emergencia en caso de que un insignificante remesón se convierta en el pronosticado terremoto de 7.2º Richter. Al final es un enredo total por que cada uno hace un plan distinto. Hay noches que duermo como sí me hubiese tomado un Alprazolam, pero otras sólo me dedico a pensar y a pensar… Una locura la vida estas semanas. El 11 del 03, mientras me afirmaba en un paradero por el temblorcito de 6.9º, pensaba si ya estaba en el límite que divide lo que logro soportar estoica de lo que me tendría que desmayar (…)

09 marzo 2010


A pesar de la latente amenaza científica de que otra vez el sismógrafo agarre papa como aquel histórico veintisiete de febrero recién pasado, he observado en estos días post terremoto, como los talquinos están tratando de seguir sus rutinas y se ríen de esta desgracia en los pocos lugares que quedaron habilitados para evadirnos de todo el polvo que nos envuelve. Ver a otros coterráneos con una sonrisa me da un golpe de coraje enorme, y tomo fuerza y ya no creo, si no que tengo la certeza de que esto pasará.
Pero tuve la pésima suerte de leer un post del bloguero más desahuciador en la historia de las críticas. Una mezcla de Fernando Villegas (sin tanto argumento) y Woody Allen (sin tanta maestría, por supuesto) Para que quede claro, hablo de un pesimista fatal. Por que no eran criticas al tardío accionar del gobierno, la negligencia del SHOA y la ONEMI, la falta de cultura sísmica, los saqueadores, los inescrupulosos especuladores…no. Este compadre estaba en contra hasta de la fe con la que cualquiera pudiera enfrentar estos eventos de la naturaleza.
No se trata de ser positivista-extremo-insoportable, pero estamos pasando por días en los que se necesita por último inventar la esperanza.Tantos compatriotas que se quedaron con poco más que la ropa que llevan puesta necesitan aferrarse de algo. Sinceramente me da lo mismo que bombardeen la televisión con teletones, aranedas, camiroagas, onnetos, si el circo sirve para construir viviendas de emergencia. Me da igual que un porcentaje considerable de miembros de Un Techo para Chile sean niños lindos ABC1 si igual parten a armar mediaguas a cualquier lugar del país. Criticar eso para mí ya no es encontrar que más criticar. Por suerte este mino como crítico tiene el mismo futuro que Tomás Mocciatti en concurso de simpatía, y nadie, salvo yo y un par de pelmazos más podrían haberle dado un poco de tribuna.

03 marzo 2010


Escribo en medio de fuertes réplicas, pero con una calma sólo responsable del tiempo, la luz y el agua (aunque aún no canto victoria) Ya han pasado varios días después de esa madrugada del veintisiete de febrero que aún me impregna y que al recordar puedo revivir esa sensación de solución de continuidad o de conclusión final que experimenté por primera vez en mi vida.
Nunca tuve, tengo ni tendré pasta de héroe por lo que el miedo ha paralizado muchas de mis acciones. De lo poco que puedo evocar de esa terrorífica madrugada, hay un hombre que pasados diez minutos del terremoto pasó por las calles, andando en bicicleta, linterna en mano gritando: ¿Todos estás bien? ¡Soy médico! En plena oscuridad y con peligro de que el movimiento telúrico aún no quisiera despedirse, un hombre venció sus aprensiones y salió a hacer algo por la ciudad. Se me cayeron varias lágrimas. Pensé en mi familia, en mis amigos, en cómo los abrazaría cuando los viera. Sabía que lo peor no sería el remezón de casi nueve grados en la escala de Richter, si no sus consecuencias.
Al amanecer mi augurio tomaría fuerza. Presencié a mi Talca (del cual caprichosamente años atrás me quejaba casi por hobbie) prácticamente en el suelo y sentí que de mis pies se desprendían raíces y supe, como señal divina, que es aquí donde debo estar. Me arrepentí de todas esas veces que me enojé con esta ciudad por su calor endemoniado, por su pasividad cultural, por su distribución segmentaria, por prácticamente todo lo que se me cruzaba por la cabeza, cuando ahora lo único que quiero es que renazca de nuevo, con sus calles, pintorescos lugares, costumbres y rutinas.
Hoy por hoy, me siento más de esta tierra que nunca.

“(…) Las cualidades del pueblo chileno son capaces, sin embargo, de resplandecer por encima de todas las dudas. El valor con el que combatieron la dictadura sólo es comparable al virtuosismo con el que la liquidaron. Su capacidad para conciliar razas, ideas y credos es un ejemplo y una garantía de su propio progreso. Saldrán fortalecidos de este desastre. Lo superarán con sus armas de siempre: su tenacidad y su modestia. Aunque los éxitos de los últimos años les han dado a los chilenos una mayor confianza en sí mismos, no les gusta presumir de sus propias virtudes y paganizan su orgullo nacional con el incomparable grito de ¡Viva Chile, mierda (…)!” (Antonio Caño, 3 de Marzo 2010, Diario El País, Barcelona)

23 febrero 2010

Una cosa que me gusta de las vacas es....


Casi me dio un vahído el enterarme de la nada que no es el 15 de marzo la fecha de comienzo de clases: Fascinante efemérides se adelantó para el 3 de marzo. Mientras aún creía que quedaban días para merodear por aquí y por allá, pensando, escribiendo, escuchando discos que aún no termino de escuchar y finalizar la novela que he tratado de descifrar por muchos días, la verdad es que se truncó todo. Hasta me quedaban unos pocos pesos que pensaba invertir en entretención pero quedan en nada mis proyectos.
Atrás queda el período del año en el que puedo decir lo que quiero, hacer lo que quiera, estar con la gente que quiero y trabajar de junior estival.

Trabajo de junior estival desde que mi papá se inició en las arduas arenas del comercio. Casi 10 veranos limpiando y armando vitrinas, haciendo colas en el banco, pagando patentes municipales, enviando encomiendas, atendiendo al respetable, etc. Es una de las cosas que más me gusta del verano, aunque suene extraño.

Estoy muy acostumbrada a los sucesos raros en mi vida durante el trabajo de junior estival, pero el dieciocho de febrero la embarró: Partió la jornada caminando en dirección al banco, pajaroneando como siempre. Me despabilé de pronto con lo gritos que lanzaba un pelmazo a su tontona polola por celular: “Hasta cuando me llamai’ por la chxxxa, soi’ ma’ agxxxxxda…déjame respirar, dale tiempo a esta caxxda”. Ahhhhhhh! Suspiré de amor y mientras pensaba que me había encontrado con el deja vú de Armando Manzanero un tipo medio acongojado chocó conmigo, cayéndosele de las manos una carpeta llena de papeles. De sapa me fijé en uno que era la cuenta de VTR : doscientos ochenta y seis mil pesos. Problemas de comunicación al menos no tiene. Luego en el banco una ejecutiva de cuentas se rascaba con mucho entusiasmo el trasero mientras Don Juan (así por lo menos deduje de su polera de “soy un don juan") le pegaba con similar entusiasmo a la maquina de consulta de estados de cuenta por no leer su tarjeta. Después fui a la municipalidad y al mismo tiempo que hacía la cola para pagar la patente comercial del bolichito una niñita sin dientes me sacaba pica con un helado, feliz de haber logrado que a las diez de la mañana su madre le concediera ese deseo de vainilla y chocolate.
Por la tarde debía ir a dejar los libros de compraventa donde la contadora, pero esta vez tomé un atajo y me encontré con el cumpleaños infantil más raro de la historia (sin contar el de los hijos de los Rolling Stones ) era en un bar, lleno de juguetes, serpentinas, dulces y chelas. Una locura.

Una locura que no parara el 3 de Marzo, por que en la escuela suceden los episodios más extraños de la tierra. Historias no faltaran.