Estaba esperando anhelante en una esquina un colectivo para llegar raudamente a mi casa. Había pasado al centro, después de un tedioso día universitario (de esos que son de 8 a 8) para rebuscar materiales dentales solicitados por los académicos entendidos en la materia. Al no encontrar lo tiránicamente requerido y al ver, además, que todas mis intenciones fueron truncadas quizás por la Ley de Murphy, que impresionantemente se aplica en los momentos menos oportunos, opté por la resignación y me doblegué ante la rapidez de ese particular transporte público. Pero mientras hacia tiempo ante la venida del generalmente “Nissan V16” se me presentó algo tanto o más conmovedor como cuando escuché por primera vez “Luna Luz” de Francesca Ancarola, canción que acompañaba unos pocos segundos del programa estrella de Paul Landon (a “Tierra Adentro” me refiero) El punto es que ser testigo de tal escena me emocionó como no me emocionaba hace mucho.
El cuadro se me presentó con un joven que apurado salía del Centro de Extensión de la Universidad de Talca, con un violín salvaguardado rigurosamente, apresurándose cada vez más para trasladarse posiblemente veloz a un lugar "X" en el transporte que casualmente yo también había elegido. Su espera también resultó ser en el mismo lugar que mi volada cabeza prefirió. Aunque la esquinita no era tan solitaria. Había además dos señoras, un par de niños chicos, un abuelito, una colegiala y otra joven universitaria (deduciblemente por su bolso cruzado de la UTAL y por un par de libros de anatomía cargados por sus brazos).
Aunque a pesar de la variedad de prototipos que tenía a merced para analizar, el violinista se robó mi atención. Su actitud era como de alguien de otro mundo, a pesar de su apuro, tan humano, me traspasó una sensación etérea, como que me obligo a pensar que el violín era su todo y que la música le permitía sobrevivir en este mundo, posiblemente tan ajeno a él. Se sentó en una escalera. A muy pocos metros estaba observándolo detenidamente. Me percaté que sacaba un papel con un lápiz y tomaba nota, mientras no podía quitar los ojos de la joven universitaria del bolso cruzado. Escribía y escribía, quien sabe qué hasta que al parecer llegó el número de colectivo que le servía para arribar a quien sabe donde. Pero antes de abordar el autito negro le entregó a la joven el papel sobre el cual se había detenido a trazar frases unos minutos. La miró fijamente y luego siguió su rumbo. La joven, desplegó apresuradamente el papel, que se encontraba doblado en cuatro y leyó en silencio el mensaje. Cuando esta acción terminó esbozo una coqueta y gran sonrisa.
No pasó un gran lapso de minutos hasta que se marchó.
Mi emoción fue retardada, pero monumental. Ocurrió ser así porque mi mente se fugó a otro planeta y presumí miles de teorías ante la espontánea sonrisa de la universitaria. Supuse desde una canción en su honor, un desesperado soneto, hasta una fugaz declaración de amor a primera vista... aún ahora, después de un día de lo ocurrido, las sospechas siguen volando en un planeador. Es que como sabiamente dice mi frecuentemente citado Fito Páez (suspiro) y como quiero creerlo yo: “Nadie detiene al amor en un lugar”.-
















